11.21.2006

Confesiones de una pluma aletargada

Si faltan las palabras no es porque uno no las encuentre en la cabeza ni porque estén balanceándose en la lengua. Faltan porque están ocupadas tratando de ordenar el pensamiento y, más difícil aún, las emociones. ¿Qué hacer con todo aquello que no se comprende? ¿Cómo pronunciar letras dispersas que luchan por encadenarse y formar una frase coherente? ¿En qué lugar místico se unen los caminos de la comprensión? No es la intención plantear preguntas filosóficas, mucho menos tratar de responderlas. Si lo digo es solamente como preámbulo para confesar que las hojas son a veces demasiado abrumadoras, demasiado amplias para dar el primer paso y dejar salir la tinta, empezar una cadena de palabras que digan lo que se quiere y lo que no se quiere decir. Confieso sentirme rebasado por una realidad irasciblemente compleja. Confieso haber escondido la cara en la almohada y haber tratado de tener un sueño tranquilo y despreocupado. Confieso que intenté mirar sin sobresaltarme, mitigar los tirones en el estomago ante noticias sombrías, catastróficas, vergonzosas, hirientes e injustas. Noticias como las de Oaxaca, como la del 2 de noviembre. Y confieso también que he fracasado en mis intentos. Es por eso que ahora quiero empezar al revés: sobresaltarme ante las noticias terribles, tener un sueño tranquilo, no esconder la cara en la almohada, y tratar de comprender y trasformar una realidad que, aunque irascible y compleja, se deja mutar en palabras, oraciones, poemas. Sí, en palabras, de esas que se lleva el viento. Y hay que estar alegres de que se las lleve, porque la cosas que el viento no se lleva son las que acaban destruidas por su fuerza, tal como Quevedo sentencia a Roma: “¡Oh, Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme, y solamente
lo fugitivo permanece y dura.” Me uno ahora a los fugitivos, a los aéreos, a los idealistas. Gracias a todos los que escriben y leen.
Isaí Soto